La creciente oposición a la inteligencia artificial (IA) ha comenzado a impactar las políticas de grandes empresas tecnológicas. Recientemente, Google revirtió la posibilidad de modificar imágenes satelitales con IA en Google Earth, tras la crítica pública, mientras que Meta desactivó una función de deepfake en Instagram después de tres días de protestas en línea.
Un reciente sondeo de Gallup revela que la familiaridad de los estadounidenses con la IA generativa ha coincidido con actitudes negativas hacia esta tecnología. Esto es especialmente notable entre los jóvenes de 18 a 29 años, donde casi la mitad opina que la IA genera más problemas que beneficios. Este descontento se ha intensificado debido a la sensación de falta de consentimiento en el uso de sus datos para entrenar modelos de IA.
Empresas como LinkedIn y Snapchat han comenzado a responder a este descontento. LinkedIn introdujo un botón para reportar contenido generado por IA, mientras que Snapchat anunció que los videos completamente generados por IA ya no serían elegibles para su feed de descubrimiento. Además, Substack implementó una herramienta de detección de IA para supervisar a los escritores en su plataforma.
El rechazo a la IA no se limita a las herramientas digitales; también se ha manifestado en protestas contra la construcción de centros de datos que alimentan estas tecnologías. Estos centros son vistos como focos de daño ambiental y económico, un tema que ha unido a personas de diversas ideologías políticas en EE. UU.
La situación actual sugiere que la presión pública puede ser efectiva para modificar el rumbo de las empresas tecnológicas. A medida que más personas expresan su descontento, es probable que las empresas deban reconsiderar cómo implementan y comunican sus herramientas de IA, especialmente en un contexto donde la confianza del consumidor es crucial para el éxito comercial.




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